
FANTASÍA ROJA
Autor: Iván
de la Nuez
Subtítulo:
Los intelectuales de izquierda y la revolución cubana
Editorial:
DEBATE, colección otras voces.
Editado en
el año 2006, en Caracas.
143 páginas
Precio:
¡barato!
BALBUS MELIUS BALBI VERBA
COGNOSCIT
Estamos
en presencia de un libro que no dudamos
ni un segundo en calificar de original.
Su autor un cubano exiliado – o expatriado según se mire- pretende
abordar una crítica de la revolución cubana desde el lado de la izquierda.
Izquierda que damos por sentado es democrática.
Este joven cubano
que vio la luz en 1964 y en la actualidad reside en Barcelona (España), nos
embiste – si cabe el verbo- con un ameno
“collage” de las figuras intelectuales que coquetearon con la revolución
cubana. La foto de la portada del libro ya es una provocación en sí misma. Sartre
el gran “maître a penser”, el súper existencialista con su Simone de Bouvoir a
cuestas, paseando – o tal vez
disfrutando- con Fidel Castro en un
yate.
En
la noche cubana, un cadillac…
Así aparece en las guías turísticas de La Habana , en las novelas y
las películas, en los documentales y en las fotografías. Desde esa pasión
automotriz que alcanza el fanatismo, puede saberse que el estilo que hoy define
la aprehensión de ese país no procede
del surrealismo. Tampoco del realismo o del absurdo (que tantas posibilidades
inspiraba al narrador Virgilio Piñera). Ni siquiera de la épica.
Proviene de la road movie: Sartre, Lester,
Hitchcock, Pollack, Wenders, Cooder…
Para
ellos y muchos otros, la Revolución cubana sigue
teniendo el encanto de ese viaje en un carro antiguo (y norteamericano) que
abandona a regañadientes la noche del capitalismo para encaminarse a la luz.
Como en un pasado que va perdiendo poco a poco sus piezas en el trayecto hacia
el futuro. Como animales mitológicos, bestias jurásicas del mundo anterior,
estos carromatos norteamericanos se deslizan ruidosos por la noche cerrada, con
todas las rémoras de los viejos tiempos, en un viaje suicida hacia un porvenir
al que, por principio, ya no deberían pertenecer. (P.
23)
Jamás había leído algo tan
entretenido y agradable sobre cómo cierta gente ve o ha visto a la revolución
cubana. Unas páginas más adelante nuestro inquisitivo y perspicaz autor nos
recuerda aquel suceso:
Ese minuto irrepetible del 1
de enero de 1959, cuando Fulgencio Batista escapó del país, en plena fiesta de Navidad,
con dos maletines rebosados de dinero. El grado cero que partió la historia de
Cuba en dos y que, resumido en una frase inmejorable de Patrick McGrath, “convirtió
a los escépticos en creyentes y a los creyentes en fanáticos”. (pp. 24-25)
Nos gustaría agregar a estos comentarios sobre el inicio de
la Revolución
cubana que uno de los primeros exilados en salir en un avión esa misma noche
fue nuestro amigo, José Suárez Nuñez, quien arribó a Venezuela para toparse hoy
en día con una pseudo revolución.
En la introducción de este viaje
caleidoscópico por los cerebros que fueron a alabar consciente o
inconscientemente a la
Revolución , nos presenta el célebre encuentro entre Jean Paul Sartre y el
famosísimo Ché Guevara. Así pues:
Entre enero y febrero de 1960,
Jean- Paul Sartre recorrió Cuba durante treinta días con sus noches. En una
madrugada, visitó, con cierto misterio la oficina de un alto cargo del nuevo
régimen revolucionario, el del ministerio de Industria. Iba acompañado por
Simona de Beauvoir y, sin mediar protocolo, “el mejor soldado de la Revolución los recibió
gentilmente en aquel despacho donde no “entraba el sueño”.
“Era Guevara” , escribió Sartre.
Las imágenes de este encuentro han quedado para la
historia,
Los dos hombres frente a frente. El Che en su butaca.
Sartre en el sofá – un ojo puesto en Simone de Beauvoir, el otro en el
comandante argentino. [1]
El revolucionario joven: barba, melena, botas militares,
boina; la sombra del insomnio. Y el
intelectual orgánico ya maduro: el traje, el puro, las gafas; literalmente a
los pies del guerrillero.
El Che era conocido por su ironía y un sentido del humor
hiriente y sardónico. La foto lo muestra algo distante. Hay genuflexión en la
postura de Sartre.
Por alguna razón, el Che no había actuado como guía
turístico para el filósofo francés. Más bien, al contrario que Fidel Castro,
había sido esquivo con él y en las
memorias del escritor nada nos indica que, entre los desvelos de Guevara,
estuviera la preocupación por ser un anfitrión solícito.
Ello no impidió el diálogo profundo y, por supuesto, la
cortesía. De esto también hay pruebas fotográficas. En un momento de la
conversación, Sartre se dispuso a encender un habano y el Che le acercó un
cenicero antiguo y compacto, rebujado en
cuero.
Entonces, en medio de aquella sala, se encendió la llama.
El prometeo que va a robar el fuego. El propietario de la
antorcha del futuro, la hoguera para quemar el tiempo.
Recibir el fuego de Che Guevara en persona: la síntesis
de la mayor fantasía revolucionaria. (pp. 9-10)
Más adelante nuestro culto y
amenísimo cicerone (¿No sé por qué – ¡carrizos!- me recuerda a Virgilio cuando
guía al Dante en su viaje a los infiernos?, ¿No será porque la Revolución cubana es un infierno ideológico?)
sobre los intelectuales de izquierda y la Revolución , nos trae a colación una cita de
Walter Benjamín[2], en
el sentido de que lo verdaderamente importante no es la ruina, sino el fuego. Y
esa máxima puede aplicarse a la pasión ideológica de Sartre.
“Los
cubanos deben triunfar o lo perderemos todo, hasta la esperanza”. Con esta
frase, casi desesperada, Jean-Paul Sartre cierra su visita a Cuba. (p.41)
En un capítulo en páginas casi
finales (pp. 109-110) en una especie de viaje (yo, no sé sí mental o real) por
Berlín post caída del muro nos advierte que las calles berlinesas (del Berlín Este
¡por supuesto ¡) tienen aún los nombres de
Rosa Luxemburgo, Karl Lieberman,
Karl Marx, Friedrich Engels… Sin embargo, ninguna calle tiene el nombre de Jean Paul Sartre.
… Acaso porque siempre fue un poco incómodo al
comunismo, debido a la sonora individualidad del existencialismo. (Hoy los
oportunismos que se lo apropian pasan por alto la absurda censura a la que fue
sometido en las universidades del bloque comunista, incluyendo las cubanas.)
En este punto se le quedó
corto en el gaznate a Iván de la Nuez , las relaciones que
existieron entre el Partido Comunista francés
y el filósofo existencialista. En efecto, en el extraordinario libro El comunismo y los intelectuales franceses escrito
por el británico David Caute se narra allí con una precisión de relojero las
relaciones tormentosas entre Sartre y el PCF. En L’ Humanité incluso se llegó a insultar en sus páginas de la mejor y más exquisita manera al bizco del barrio latino.
Quizá, donde el redactor de estas humildes líneas se haya
deleitado el maximum maximorum (¡ no sé si estará bien dicho en Latín, pero lo
repetía mucho el doctor Héctor Malavé Mata, un estructuralista de buena fe !),
ha sido en el análisis de la vida de Regis Debray que hace nuestro cubano
expatriado. Veamos pues:
La así llamada
generación del 68 ha
transitado, casi siempre en términos absolutos, del compromiso a la ruptura, de
la militancia al arrepentimiento, del sueño a la realidad, de la progresía a la OTAN , de la imaginación al
poder. Lo que hoy queda de esa generación como figura pública se mueve entre
una fidelidad melancólica y una amnesia traidora; propia ambas de vivir un
futuro muy diferente del que prometieron.
Regis Debray ha podido recorrer ese camino desde territorios al límite;
“focos” donde se cocinaron los grandes
acontecimientos, las grandes promesas y los no menores fracasos. Un artículo a
la edad de veinticinco años en la revista de Sartre y toda una vida cambiada.
Llamado por Fidel Castro y convertido de la noche a la mañana en teórico de la Revolución
latinoamericana. Entrenado e incorporado a la guerrilla de Che Guevara. Apresado y torturado (casi cuatro años de
cárcel en Bolivia). Recibido por Salvador Allende nada más salir de la cárcel.
Solicitado por Mitterand para su primer
gobierno socialista, ¿ Cuántos intelectuales orgánicos de entonces (y de ahora)
no habrán deseado estar en su piel? ¿ Cuántos no hubieran querido el rigor de
semejantes maestros? Estos señores( a los que únicamente cabe alabar o
enfrentar) sólo pueden generar una vida complicada y extrema. Ésta es la vida
de Debray contada por él mismo. Y también la de sus señores, que le enseñaron
lo que jamás hubiera aprendido en la Sorbona. (pp. 56-57)
A esto le agregaríamos que R. Debray estuvo casado con una
venezolana ( al parecer fue guerrillera también), y que cuando viajó acompañando a Francois Mitterand a
Venezuela cuando gobernaban los adecos,
no le cayó bien a sus anfitriones.
No dudamos que es de interés colectivo el estudio severo que este cubano hace de la imagen del Che
Guevara que quedó para la posteridad gracias al fotógrafo Korda. ¡ Vayamos pues
¡
La imagen del Che
Guevara tomada en La Habana
de 1960 y difundida en 1968, un año después de su muerte, es uno de los hitos
iconográficos de la modernidad, probablemente la foto más famosa del siglo XX.
El rostro del guerrillero fue captado pro el fotógrafo cubano Alberto Korda en un acto masivo – el duelo
por el barco La Coubre
de que fue testigo Sartre – y divulgado en sus inicios por el editor y
militante de la izquierda radical Giangiacomo Feltrinelli, que recortó el
retrato original hasta convertirlo en un poster y lo divulgó por todo el mundo
hasta que, tras una larga y procelosa querella, el artista consiguió recuperar
sus derechos. […]
Aun para sus más
acérrimos enemigos, sigue siendo un misterio ese rostro que parece tener vida
propia, esa especie de Dorian Gray de las rebeldías, la presencia más rotunda de todas las
revueltas. Vayas a donde vayas, es imposible escapar de esa faz sempiterna,
tocada con el halo de la eternidad (p.72)
Nos cuenta –magistralmente- este periodista convertido en gran conversador, que la figura del Chè ha
condensado todas las rebeliones de América Latina desde las culturas
precolombinas hasta la
Revolución cubana pasando por las gestas bolivarianas, las
reformas liberales de Benito Juárez, el marxismo indigenista de José Carlos Mariategui,
las batallas centroamericanas de Augusto César Sandino etc.
Por
último, sobre este rostro hiper admirado del Ché nos dice nuestro guía en la
página 74.:
Símbolo
y síntesis, aquél fue también un rostro habitando sobre un puente. Al igual que
el cuerpo ardiendo de Giordano Bruno,
que se plantó como una antorcha entre el medioevo y el mundo del Renacimiento,
en los años sesenta la pieza fotográfica de Korda fue, junto al Marat-Sade de
Peter Weiss o el Sargent Pepper’s de los Beatles, un producto cultural a
caballo entre la utopía moderna de un mundo que no pudo ser y la realidad
posmoderna de un mundo que, por imposible, no ha quedado otro remedio que
estetizarlo.
Para despedirnos de estos largos
comentarios, concluiremos que este texto es una especie de viaje-conversación
que es una interpretación de Cuba y su Revolución donde viajan las novelas de
Chesterton, Graham Green, películas como Havana y hasta el fantasmagórico
personaje de Max Aub sale a
relucir en este largo trecho cultural-crítico-anímico de un cubano que es o
quiere ser revolucionario a su manera. Este autor me recuerda a un pariente mío
que fue colaborador ideológico del gobierno de Marcos Pérez Jiménez, quien
sacaba los sábados por la noche, su botellita de Whisky y se ponía a conversar
en el patio de su casa con sus sobrinos, entre ellos yo quien les ha escrito
estas páginas.
Voltaire
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